Antonia Brico: La mujer que quiso dirigir el mundo

Hay personas que no llegan al escenario por casualidad. Llegan porque lo decidieron desde adentro, con una claridad que ni los obstáculos más grandes lograron apagar. Antonia Brico fue una de esas personas.

Nació en Róterdam, Países Bajos, en 1902, y casi desde el principio la vida le puso pruebas difíciles. Quedó huérfana siendo muy pequeña, fue criada por una familia adoptiva en California que no siempre fue un refugio seguro, y vivió durante años sin saber realmente quién era. Cuando a los diez años un médico le recomendó clases de piano para ayudarla a calmar su ansiedad, nadie imaginaba que aquella terapia de emergencia iba a convertirse en una vocación para toda la vida. Ella misma lo resumió de una manera que todavía emociona: la música no lastima a las niñas pequeñas.

Lo que sí resultó una revelación fue el día que asistió a un concierto al aire libre en San Francisco y vio por primera vez a un director de orquesta al frente de su conjunto. Fue un momento de claridad total. No quería tocar en la orquesta. Quería dirigirla. Quería ser quien convocara ese sonido enorme, esa conversación entre instrumentos que a ella le parecía equivalente a la paleta de colores de un pintor.

El problema era que en 1919, cuando Antonia se graduó del colegio y descubrió además que era adoptada, la figura del director de orquesta era casi exclusivamente masculina. No por razones artísticas, sino por las mismas razones de siempre: el hábito, el prejuicio y el miedo a lo desconocido.

Ella no lo aceptó.

Se fue a Berkeley, estudió artes liberales con honores, aprendió idiomas, trabajó como asistente de un director de ópera y siguió perfeccionando su técnica pianística en Nueva York. Cuando se convenció de que la legitimidad musical más profunda en ese tiempo venía de Europa, cruzó el Atlántico sin dudarlo.

En Hamburgo se presentó ante Karl Muck, uno de los directores más respetados del continente, un hombre que no aceptaba estudiantes. Antonia lo convenció. Se convirtió en la única discípula que Muck tuvo en toda su carrera. Después llegó a la Academia Estatal de Música de Berlín, donde en 1929 se convirtió en la primera persona de nacionalidad estadounidense en graduarse con honores de la clase magistral de dirección orquestal. También trabajó en el Festival de Bayreuth, el templo de la música wagneriana, bajo la dirección del propio hijo de Richard Wagner.

Toda esa preparación no fue excesiva. Era necesaria. Porque Antonia sabía que a ella le iban a exigir el doble para que la tomaran en serio la mitad.

Y la tomaron en serio en Europa.

En febrero de 1930 debutó al frente de la Orquesta Filarmónica de Berlín, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir ese conjunto histórico. La crítica la celebró sin reservas. Un cronista musical destacó que su inteligencia y su dominio técnico superaban a los de muchos colegas masculinos de su generación.

Pero cuando regresó a los Estados Unidos, el país donde creció, la historia fue diferente.

Las orquestas más importantes del país buscaban directores titulares en esa época. A Antonia nunca la consideraron para esos puestos. Solo la invitaban como directora invitada, como si su talento tuviera fecha de vencimiento o no mereciera permanencia. Cuando debutó en Nueva York con la Musicians’ Symphony Orchestra en 1933 y el concierto fue un éxito rotundo, programaron una segunda y una tercera función. Pero la tercera nunca ocurrió: el barítono solista se negó a actuar bajo la batuta de una mujer, argumentando que ella le quitaría atención al público. El capricho de un solista pesó más que el talento de una directora.

Ante ese muro, Antonia tomó una decisión que dice mucho de su carácter: si las instituciones no le abrían la puerta, ella construiría su propia casa.

En 1934 fundó la New York Women’s Symphony, una orquesta integrada completamente por mujeres, con el propósito de demostrar que ellas podían tocar cualquier instrumento, incluyendo los de viento y percusión que supuestamente requerían una fuerza física que las mujeres no tenían. La primera dama Eleanor Roosevelt y el alcalde de Nueva York la apoyaron. La orquesta debutó en 1935 en el Carnegie Hall y fue un éxito.

Años después, cuando Antonia decidió admitir músicos hombres para que la orquesta dejara de ser una “rareza” y se convirtiera en una institución normal, el dinero se evaporó. Los patrocinadores que habían financiado la orquesta femenina como una causa social dejaron de hacerlo cuando dejó de ser una novedad. Era un reflejo perfecto de cómo funciona la exclusión: cuando la mujer hace algo especial, se le aplaude como excepción. Cuando busca ser parte de lo ordinario, se le retira el apoyo.

En 1942, atraída por la posibilidad de dirigir la Orquesta Sinfónica de Denver, Antonia se mudó a Colorado. El puesto titular fue a parar a manos de un hombre. Ella describió esa decepción como la más profunda de su vida profesional.

Y sin embargo, se quedó en Denver.

Fundó conjuntos, dio clases, dirigió orquestas comunitarias. Entre sus alumnos estuvo una niña llamada Judy Collins, que llegaría a ser una de las cantantes de folk más queridas de los Estados Unidos. Mientras tanto, Antonia seguía en contacto con los grandes nombres de la música europea. El compositor finlandés Jean Sibelius la consideraba tan cercana que decía que era como una sexta hija para él. Trabajó con Albert Schweitzer estudiando las obras de Bach. Fue invitada por Sir Adrian Boult a dirigir la Orquesta Sinfónica de Londres en el Royal Albert Hall.

Los comités administrativos en América la ignoraban. Los artistas más grandes del mundo la buscaban.

Esa contradicción siguió durante décadas. Antonia dirigió cinco conciertos al año con su pequeña orquesta en Denver, sabiendo que tenía fuerzas para cinco al mes. Una vez lo dijo sin rodeos: es como darle un poco de pan a alguien que se muere de hambre.

Pero en 1974, Judy Collins no olvidó a su maestra. Junto con la cineasta Jill Godmilow, produjo el documental “Antonia: A Portrait of the Woman”, que fue nominado al Premio de la Academia como Mejor Documental en 1975. El mundo volvió a ver a Antonia Brico, ahora con más de setenta años, y la demanda fue tal que en el Mostly Mozart Festival de Nueva York ese mismo año los boletos se agotaron y tuvieron que agregar un segundo concierto de emergencia. Columbia Records grabó ambas presentaciones.

Décadas de exilio profesional. Un documental. Y el público llenó las salas.

Antonia nunca se llamó a sí misma activista ni feminista. Prefería decir que era simplemente un director que resultaba ser mujer. Pero esa frase tan sencilla es quizás la declaración más radical de todas: no pedía un espacio especial. Pedía el mismo espacio que cualquier otro.

Se retiró de la dirección activa alrededor de 1985 y falleció en Denver el 3 de agosto de 1989, a los 87 años.

En 2016, la Filarmónica de Denver nombró su escenario en su honor. En 2018, una película neerlandesa contó su historia. En 2022, la película “Tár” la mencionó como ejemplo de todo lo que la industria musical hizo mal durante décadas.

Y cada directora que hoy se para frente a una orquesta, en cualquier ciudad del mundo, está parada también sobre el trabajo de Antonia Brico: una mujer que aprendió a no pedir permiso para hacer lo que amaba, y que demostró, concierto a concierto, que el arte no tiene género. Solo tiene profundidad.